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Lo mío y de nadie más

Lo mío y de nadie más

Hay momentos de ésos que están señalados en el calendario de la ilusión, que se repiten de vez en cuando y que uno espera que lleguen con ganas, casi fantaseando con revivirlos. Si miramos para dentro, seguro que cada uno de nosotros sabe en qué latidos está echando más leña el corazón haciéndonos vivir de más equilibrando esas otras veces en que se vive de pasada.

Aquí va otra de mis teorías de filósofo de prestado, la de la importancia de lo mío y de nadie más.

Pasa mucho tiempo entremedias dejamos que la almohada descanse. Días enteros con los que pelearse antes de volver a cerrar los ojos entre sábanas. El destino, o el atino al tomar decisiones, nos habrá colocado donde estamos ahora y, elegidas o no, habrá una serie de personas que forman parte de nuestras vidas. Estará la familia, nuestra pareja, nuestros amigos… y los secundarios, como la chica de la tienda de la esquina o el jefe de estación de cuya voz de pito no logramos olvidarnos. La gran mayoría del tiempo haremos lo que se supone que tenemos que hacer en cada caso y cogeremos el coche, o montaremos en un tren que nos llevará hasta la oficina donde los de siempre nos esperarán donde siempre para hacer más o menos lo de siempre.

Claro que habrá novedades, menuda vida sería si de vez en cuando no hubiese algo distinto. Se cambia de trabajo, de casa, de pareja… la situación, la vida cambia pero siempre se vuelve a estabilizar, a enrutinar. Yo diría que al final, muchos momentos del día, si no son la mayoría, nos son robados de alguna manera. Hacemos lo que tenemos que hacer, haya o no ilusión de por medio. Las horas de oficina, por ser mayoría, están arriba del todo en la lista y eso que a mi me encanta mi trabajo.

Después hay otro tipo de momentos, están esos en los que realmente hacemos lo que queremos, o lo que nos dejan, pero con la gran diferencia de que elegimos nosotros. Al día no suele haber muchos de éstos debido a que no queda tiempo libre, aunque yo siempre he sabido encontrarlos. Ahora mismo no me cuadraría un día en el que sólo hubiese trabajado, por ejemplo, e insisto en que me gusta mi trabajo (insisto, y no porque me lea mi jefe, que el hombre no sabe castellano). Y muchos momentos de este tiempo de descuento, serán compartidos con la familia, con la pareja o con los amigos. Una película, un paseo, unas cervezas con sabor a libertad que en compañía son mejores…

Dependiendo de lo afortunados que seamos, llegará un día en que compartiremos vida con otra persona y quizás hasta tengamos hijos. Nuestra rutina ya no será sólo nuestra, sino que será compartida con todos los demás: habrá momentos de felicidad que serán más felices por ser entre más de uno, habrá problemas y habrá muchos momentos sin demasiada relevancia.

Pues aquí va mi teoría: todos necesitamos algo que sea sólo nuestro y de nadie más. Algo que nos guste, que nos llene, que nos rete a nosotros mismos para que peleemos, en solitario, por superarnos de cuando en cuando, algo que nos identifique y que nos haga sentirnos más vivos, más nosotros. Porque creo firmemente que de otra manera la balanza no estará equilibrada y acabará cayendo del lado que no se suponía que debía caer, por muy bien que parezca que estaban las cosas.

O eso me parece a mí.

Y últimamente me lo parece más después de saber que mi ex-jefe ha vuelto a tocar el piano ahora que ha cerrado la empresa, o que una amiga ha vuelto a escribir cuentos para niños ahora que le han echado del trabajo después de diez años. Los dos ya han buscado un nuevo trabajo, pero también se han reencontrado con lo que la rutina les quitó y que ahora ha vuelto a ser suyo e, importante, de nadie más. Aunque en estos dos casos se haya tenido que desmoronar mucho de lo demás para provocar que mirasen a los ojos del que sale en sus espejos a ver que faltaba, o quizás había faltado siempre en realidad.

Pues sí, lo nuestro que es nuestro y debe ser sólo nuestro. Porque luego, a parte, está todo lo demás que puede ser felizmente maravilloso o un completo desastre, pero por si acaso ahí está esa constante de felicidad que hará de múltiplo de lo bueno y de divisor de lo malo en la ecuación del paso de los años en los que la otra constante siempre es la del tiempo, y a esa no hay manera de contrarestarla.

O no, véte a saber… pero mira, el caso es que a mi me viene funcionando desde no sé cuando y me acabo de dar cuenta ahora que no podría tolerar que nada ni nadie me lo quitase porque me convertiría en una versión de mí mismo partida por la mitad. Y lo sé porque ya ha pasado.

Lo mío y de nadie más

La chica de Enoshima (III)

Continuación de La chica de Enoshima y La chica de Enoshima II


Con cierta sensación de vergüenza por la tos, dejé de fumar. Si alguna vez he tenido estilo en algo, desdeluego no ha sido fumando, y me alegro por ello; no es un hábito que quisiera tener, se nota que no sé y después de algunas caladas me reafirmo en no querer. Lo que no entiendo es porque de vez en cuando me apetecía tener que reincidir…

Las estrellas se habían ido a otra noche y el mar sólo sonaba. Pero a ella se la podía distinguir bien, la misma chica que hace unas horas asustaba gatos, ahora velaba olas en compañía de nadie. Como yo.

Alguien se le acercó. Era otra chica, una amiga que se sentó junto a ella durante un buen rato. El mismo rato que yo tardé en vaciar la última lata de cerveza que me quedaba sin abrir y calzarme de nuevo dispuesto a cortar el sueño con tijeras.

Como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, nos levantamos los tres a la vez y empezamos a caminar en la misma dirección, y cuando yo estaba tirando las latas a los contenedores de la puerta de la tienda, ellas entraron dentro. Su amiga era más alta, con la piel más morena pero esa misma pinta de desaliño adrede, con el pelo de cualquier manera y vaqueros rotos colgando, como si no hubiese cintura ahí debajo que los sujetase.

De nuevo el escándalo; risas y gritos que venían desde la sección de alcohol de la tienda y se escuchaban desde fuera, y eso que sólo eran dos.

Así, de sopetón, me agobié. Me dí cuenta de que si no empezaba a coger trenes, iba a tener que estar allí sólo toda la noche y el plan de estar en el banco mirando al reloj cada diez minutos no me acababa de cuadrar, así que empecé, resignado, a andar hacia la estación. Malditas las ganas que tenía de irme.

Por el camino escuché música que venía desde el mar. En medio de la oscuridad, una serie de casetas iluminaban la playa a modo de refugio de los que, como yo, no teníamos muy claro eso de que las horas que quedaban tuviesen que ser para dormir.

Me acerqué y descubrí una especie de plaza artificial repleta de mesas y sillas de plástico rodeadas de restaurantes y bares improvisados con cuatro maderas y mucha pintura. En total no habría más de treinta personas que bebían y bailaban con Bob Marley que sonaba a todo volumen entre olores de carne asada, salitre y alcohol.

Una coronita en botella, con su limón, era bastante más prometedor que mi banco de jugar a fumador, así que allí me senté más que dispuesto a olvidarme de recordar.

– Hellooooo -me dijo alguien más o menos sobre la segunda cerveza, y cuando me giré había tres chicos también con Coronitas que me sonreían tratando de entablar conversación.
– Hi -contesté sorprendido
– Are you alone? please, come with us -me dijo otro señalando un lugar un poco más apartado donde habían juntado dos mesas alrededor de las cuales habría como siete u ocho personas más
– Ehh, I feel shy, really?
– Yes yes, please come come !! we invite you

Y como andábamos parejos de borrachera, me fui con ellos.

Sin saber cómo, me encontré sentado en medio de un montón de personas que no dejaban de hacerme mil y una preguntas mientras se aseguraban de que hubiese siempre algo que comer y una Coronita con limón que vaciar entre puntos que siempre eran y seguido, nunca finales. Hablamos de chicas, españolas y japonesas, de idiomas, de chicas, japonesas y españolas, de trabajos, de ropa, de chicas, de culturas opuestas y costumbres que iban de la mano… y el caso es que me pareció que todos salimos ganando.

Como no me dejaban pagar, yo aprovechaba uno de cada dos de mis viajes al baño para pedir más comida y más bebida y hacer que la llevasen a las mesas sin que Miwa, la camarera de cuyo nombre me sigo acordando gracias a esa minifalda verde, dijese de dónde venían. Al volver de mi segundo o tercer viaje de los pactados y sentarme en mi silla de plástico ennegrecido, me dijeron, entre risas y palmas, que no se me ocurriese pagar ni un yen más, que yo era su invitado y que para la siguiente pagaría como todos, pero no esa noche. Y mientras yo jugaba a que me hacía el ofendido, vi que la chica de Enoshima y su amiga venían directas hacia nosotros con sus bolsas del combini, sus pelos distraídos y su griterío que hacía enmudecer al mismísimo Marley de los altavoces.

– Aquí viene Mika, por fin -alcancé a entender, y un par de chicos fueron corriendo a ayudarles con las bolsas y darles la bienvenida
– She is our friend, she is coming with snacks and shochu, do you know shochu? -me dijo uno de mis nuevos amigos
– Yes, and I also know her, she was in Enoshima this afternoon and she scared my cat -dije yo mientras devolvía el guiño al destino.
– She did what? -dijo sin hacerme demasiado caso
– Hahaha, nothing nothing

Entonces nos presentaron, yo era «el extranjero de España al que le gustaban las japonesas porque hablaban muy dulce», entre otras muchas facetas mías que yo mismo desconocía, y ella era Mikachan.

Esa noche no pude retener más nombres. Estaba Miwa, mi camarera aliada de minifalda verde.

Y Mika, la chica de Enoshima.

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Concluye aquí…

Yo quería tener un amigo negro

De verdad que llegué a ilusionarme con esta idea.

Yo quería tener un amigo negro cuando era pequeño, pensaba que sería algo bonito: tener un amigo de otra raza que seguro que iba a ser igual que yo aún mientras todos parecían asumir que era distinto. Tenía esa ilusión, mira por donde, la de conocer a una persona negra, saber si sienten de otra forma, si son de otra manera.

Y no llegué a tener uno de verdad hasta que llegué a Tokyo: Eric, pero no fue como yo pensaba que iba a ser. Tenía la idea de que iba a ser algo extraordinario, algo de lo que fardar delante de los amigos. Pero no, fue el caso contrario, cuando llegué a la empresa, los «blancos» éramos minoría. Lo que son las cosas, tuve mi primer amigo negro en Japón, junto a japoneses, americanos y chinos. Además coincidió con la temporada en la que mi novia Eri era japonesa, era como si de repente ya no importase en absoluto eso de las razas o las nacionalidades… un Zalluco con novia de Nagano que era amigo de un chico senegalés que creció en Francia viviendo todos en Tokyo. Lo cierto es que siempre ha dado igual, por muchas historias que me montase yo con mi mente de pueblerino de kiosko en la plaza y pipas en un banco de madera al lado del frontón.

Aquella noche fue especialmente especial: después de una cena con la empresa nos acabamos quedando solos Eric, francés senegalés, Roxanna, canadiense de padres chinos, Akira, japonés de Yokohama, Eri, exiliada de Nagano, y yo de Zalla, el pueblo de unos diez mil habitantes de al lado de Bilbao. Y yo era el único de mi raza, el único blanquito, el resto eran asiáticos y africanos… y a mi me pareció bonito aunque no supe expresarlo por mucho que lo intenté cervezas mediante. Todos distintos y todos iguales, al fin y al cabo.

Compartíamos inglés, claro. Por fortuna, Akira y Eri habían pasado años en los Estados Unidos, con lo que destilaban acento y gramática frente a mi pronunciación de vídeos de Muzzy. Eric era y es negro, raro como él sólo porque es francés, pero negro, tal y como yo quería que alguno de mis amigos lo fuese en mis sueños de chaval de pueblo de jugar a canicas y bicis de cross de manguitos de velcro en el manillar.

El caso es que lo fui, su amigo, al menos durante año y medio llegamos a conectar, y lo cierto es que después del primer mes dejó de importar eso de tener la parte de arriba de las manos de otro tono o el grosor de los labios. Yo quería tener un amigo negro y conocí a Eric que daba igual de que color eran sus mejillas, como daba igual que Eri fuese japonesa y que Akira viniese de Yokohama. Supongo que tan igual daba como que yo vivía encima de la librería Pagazaurtundua apenas unos meses antes y que tuviese el doble de barba o dos veces mas larga la nariz.

Así que de repente, con 31 años, ya era amigo de un chico negro, de un chico japonés y mi novia era japonesa. Pero, cuidado, que resulta que todos hablábamos inglés más o menos, todos teníamos nuestros sueños por la noche y nuestras esperanzas de después del amanecer.

Yo quería tener un amigo negro.

Y lo tuve, y el color de sus muñecas, el grueso de sus labios, el contraste con las palmas de sus manos era tan irrelevante que me sentí el más tonto de los tontos del mundo.

Pero yo, de verdad, de corazón, quería tener un amigo negro.

Días extraños

Días en los que no hace ni frío ni calor, ni deja de hacer ambos, horas raras que parecen pasar sin ganas junto a otras que son segundos. Desde que trabajo desde casa, todos los días vienen con la misma cara, pero yo acepto el desafío de cambiársela haciendo trucos de magia a la rutina. Cambio horarios de Karate, de Capoeira, voy por las mañanas, trabajo por las noches y al revés o cocino cosas nuevas… todo con tal de que un día no sea igual que el anterior o me volveré loco aquí solo.

Japón está por la parte de fuera de las ventanas, anécdota irrelevante cuando uno está en su casa dándole a las teclas. Ya no hacen falta combinis, ni trenes con legañas, ni pañuelos de propaganda, ni ruidos de Pachinkos, nisiquiera cervezas de antes de volver porque ya no se sale, siempre se está aquí.

Raro es ya dar los buenos días a alguien en estos días raros donde no hay nadie.

Claro que tiene sus ventajas, sería tonto si no las viera y bobo si no las aprovechase. Hace mucho que no peleo contra el sueño delante del ordenador aparentando saber lo que estoy haciendo, si esto pasa, duermo, aquí mismo a un par de metros de la mesa, y me despierto fresco para seguir. Cada hora me levanto de la silla y preparo otra tetera, y hago algo de Karate delante de los espejos, o un poco de pesas, o trato de que me salga alguna voltereta nueva de Capoeira, es mi versión personal de «ir al café». Si en esto de programar se me complica algún problema más de la cuenta, me pongo el pantalón corto y un niki y me voy a correr por mi barrio, o hasta Honmonji y normalmente al volver veo la solución justo delante de mí.

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Ahorro dinero, mucho, en transporte y en comida, y además estoy comiendo mucho más sano: no hay visitas al combini a por comida prefabricada, hay visitas a mi nevera repleta de fruta o al cocedero de arroz siempre medio lleno, ahora mis tentempiés son cuencos de arroz y manzanas en vez de sandwiches o patatas fritas. Y no me dejo cerca de cuatrocientos yenes cada vez y mi cartera y mi cuerpo lo notan, y bastante.

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Pero también hay desventajas; la primera y más importante de todas es no ver a nadie en casi todo el día, hay veces que se siente triste que después del desayuno uno se plante ya en la mesa hasta bien entrada la tarde sin articular palabra. El sólo hecho de ir por las mañanas a la oficina ya tenía implícito el contacto humano… ya no hay miradas que se cruzan ni voces de fondo.

También he perdido el contacto con la actualidad: apenas veo la televisión, pero a nada que me acercaba al centro podía ver qué se estaba cociendo gracias, sobretodo, a los carteles de publicidad y a las televisiones del tren. Mis destinos entre semana no van más allá del supermercado y los dojos, y ambos están a menos de 15 minutos de mi casa así que ya no voy con la cámara de fotos en el bolsillo del pantalón porque no hay novedades que retratar y contar.

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Así que son días extraños. Días centrados en tres actividades sin apenas interferencias: trabajo, Karate y Capoeira.

Bien mirado, si hace unos años me hubiesen dicho que iba a vivir en un piso en Japón, que iba a trabajar programando desde casa, y que iba a poder ir todos los días, a veces incluso dos veces al día, a clases de Karate en uno de los lugares del mundo donde más saben del tema… no me lo habría creído. Y lo de Capoeira ni te cuento.

No dejan de ser horas como ajenas a mí que seguro que dejarán de serlo pronto y yo las echaré de menos porque, de mientras, me he puesto en la mejor forma de toda mi vida mientras que el trabajo sigue adelante quizás más rápido que cuando iba a la oficina.

No me quejo, no me quejo en absoluto, es cuestión de acostumbrarse. Pero sí que tengo un favor que pediros: si conocéis a alguna así como para mi que venga de vez en cuando a leerme un cuento…

Bajo los cerezos

Bajo los cerezos me dijiste que te casarías conmigo, que vendrías a conocer a los míos, que aprenderías a decir que me quieres en castellano para que yo lo entendiese de una vez por todas y dejase de dejar de decírtelo yo a ti.

Bajo los cerezos nos miramos a los ojos y diluimos tristeza y felicidad en cada lágrima que el primer viento de la primavera se encargó de secar mientras nevaban pétalos de color dulce que se nos posaban como sin querer.

Bajo los cerezos bebimos y nos bebimos, nos callamos cosas de más y exageramos sentimientos de menos, nos abrazamos durante tanto tiempo que parecían años y aún hoy todavía noto una mano en mi espalda y otra en mi pelo, como si todavía fuese antes y no hubiese el después que es el ahora.

Bajo los cerezos me volviste a decir que me querías y te juro por mi alma que ésa vez sí que intenté responderte, pero mis labios no fueron capaces de encontrarse con el corazón y sólo me salían suspiros.

Bajo los cerezos te dije adiós y tú me hiciste prometerte que nunca más usaría esa palabra y te despediste con un hasta luego, aunque los dos sabíamos que pasarían años antes de que pudiésemos volver a decirnos una u otras.

Bajo los mismos cerezos camino cada noche ahora que todavía están en flor. Como hice contigo antes de que te fueses a América.

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La mejor foto de Diciembre

Mis segundas navidades lejos de casa, la segunda vez en mi vida sin juntarme con los míos en fechas quizás sobrevaloradas pero que son una buena excusa para volver a ver a las personas que uno quiere y que, en nuestro caso, poco tienen que ver con Jesucristos y Vírgenes Marías.

Otro año en el que yo no iba a hacer lo que todo el mundo, aunque nunca me imaginé que iba a pasar la Nochebuena en la casa antigua de los padres de una amiga en los montes de un pueblo perdido no demasiado lejos de Tokyo.

Cocinamos en el fuego del medio del salón, morimos de frío dos veces cada hora resucitando una a base de té, nos contamos historias de amigotes, de locuras, de amores, de reír y de llorar, nos emborrachamos muchas veces seguidas y tuvimos nuestra resaca del día de Navidad que tratamos de curar yendo a un onsen en medio de un bosque de bambúes.

Cuando el calendario le daba una semana de vida al 2009 yo pasé tres días en las montañas con una chica que era el doble de guapa que la más guapa del mundo. Cambié pavo por nabe, turrón por mochi… uvas por besos, y ya entre cada uno de ellos supe que aquellas Navidades eran las más especiales de toda mi vida.

Con el permiso de los míos.

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La chica de Enoshima (II)

Continuación de La chica de Enoshima


Pensé que sería bonito que me reconociese y se sentase a mi lado para hablar un rato sobre cualquier tema, aunque fuese irrelevante como los gatos de Enoshima o de lo distintos que somos, y que, como pasa en las películas, acabásemos apoyados en el muro abrazados en silencio mirando al mar.

Lo que habría dado en aquél momento por un abrazo…

Pero pasó de largo, claro, creo que ni siquiera me vió y si lo hubiese hecho, desdeluego no iba a querer acercarse a un tío que está en medio de la nada rodeado de latas de cervezas ya más vacías que por vaciar.

Menuda estampa, vaya una manera de hacer amigos… daba igual, total, el día ya vino así de roto desde casa, más bien se trataba de desescombrar lo que alguien abandonó dentro de mi corazón porque de seguir acumulándose, lo iba a quebrar todavía más y aunque maltrecho, era el único que tenía y ya iba siendo hora de que me sentase delante de él y averiguasemos entre los dos para que iba a valer que siguiese latiendo.

De repente, mientras la espalda de la chica se alejaba diciéndome adios, empecé a llorar. Lloré mucho y de muchas maneras, lloré a veces con rabia apoyando la cabeza en los brazos y haciendo más ruido del que querría y también lloré despacio, con calma y en silencio mirando al mar. Me vacié por los ojos de tal manera que sentí que me ardían, que me ardía toda la cara, que me ardía el alma como si no fuesen a quedar más que las brasas de mi.

Eran lágrimas de derrota, porque así me sentía: vencido, sin fuerzas y lo que era mucho peor, sin ganas de tenerlas.

Ya era totalmente de noche, pero yo seguía allí sentado tratando de que la brisa marina me recompusiese el gesto, de que no se notase que acababa de morir de pena unas veinte olas antes. Estaba borracho, no demasiado, pero si lo suficiente como para tener la brillante idea de querer fumarme un cigarro y de alguna manera me encontré caminando hacia el pueblo. Tiré las seis latas, una a una, al contenedor correspondiente y compré dos más, de las grandes esta vez, un paquete de cigarros mentolados, un mechero de plástico de color naranja que todavía conservo y un cenicero portátil que parecía más una pequeña cartera.

Y empecé a caminar hacia la playa de nuevo, aunque no tenía intención de bajar a la arena, sino de quedarme en uno de los bancos de al lado de la carretera. Me hice fuerte en el de más a la derecha, me descalcé y empecé a intentar acordarme de cómo se fumaba cuando vi una espalda que me resultó familiar… parece que yo no era el único que se resistía a dar por terminada aquella noche.

Continua aquí…

Ya estoy echando de menos…

Mirar al cielo por la ventana para elegir la ropa y decidir si ir o no en bici, preparar un termo con té verde que calentará mi cuerpo en los semáforos, la adrenalina refrescada por el viento al bajar la última cuesta esquivando coches con las piernas doloridas y los labios agrietados.

Los onigiris con conversación de la señora del combini, el cartero interrumpiendo nuestro trabajo a media mañana, la banda sonora del abrir y cerrar de puertas, del aire acondicionado, del microondas y la cafetera, de los cada vez más silenciosos teléfonos y la ya muda impresora.

El parpadeo de la fluorescente de la esquina, el tictac del reloj de la pared, las zapatillas de estar por casa para estar en la oficina, los tés del descanso, el contar los minutos de la última hora y salir en busca del sol que nunca está.

Pero, sobretodo, echo ya de menos, a morir, verte nada más abrir la puerta y mirar tus ojos risueños que a veces, cuando te ríes, parecen desaparecer. Darte los buenos días que son mejores porque tu estás, escuchar tu voz que no sería tuya si no sonase una risa que se intercala, cariñosa, entre frase y frase. Saberte a dos metros detrás de mí dispuesta a mirar dentro de mis palabras que pocas veces son tan bien escuchadas, haciendo tuyas mis preocupaciones, alegrando mis alegrías.

Todo lo que nos decimos sin hablarnos, todo lo que nos abrazamos sin tocarnos.

Ya te echo tanto de menos y todavía estás…

No puedo más que guardarte todos los buenos días que ya no te daré a partir de Abril, y juro, desde ahora mismo, no dejar nunca que se junten más de una docena sin que vaya a llevártelos donde quiera que estés.

Y poder seguir sintiendo, de vez en cuando, lo que siento ahora cuando te siento cerca.

 

La chica de Enoshima (I)

En esto tan nuestro de respirar todos los días, a veces toca poner a los cambios buena cara, y es que cada vez uno se da más cuenta de que nada es para siempre. También es verdad que si se tiene siempre presente que esto es así, cada bocado de aire que entra en los pulmones como que vale un poquito más, porque ese aire ya no tendrá el mismo sabor con el tiempo, para bien o para mal, así que merece la pena aprender a saber saborearlo.

Y también es cierto que en época de cambios a uno le cuesta soltar amarras y parece que vamos navegando hacia lo nuevo con lastre. Uno se aferra a lo que ya no es, y los recuerdos se recuerdan de más, apareciendo a traición en nuestros ojos reflejados en las ventanas, en cada paso, en cada nube.

El domingo, sentado en el tren camino de Yokohama, me acordé de la chica del pendiente en la nariz con la que compartí una noche de verano hace ya más de dos años.

Cuando llegué no tenía amigos en Tokyo, y tampoco echaba eso de menos, digamos que necesitaba enfrentarme a mi nueva vida, pongamos que lo más sólo posible, porque tenía mucho en qué pensar. No dejaba de ser curioso, porque conocía el lugar de sobra, así que no hacía falta que nadie me dijese cómo hacer las cosas, o a que lugares ir, no echaba de menos a nadie porque echaba a todos de más, no quedaba con nadie porque no había nadie con quien quedar, ni falta que hacía.

Sea como fuese, prefería airear mi soledad premeditada un poco más allá de las paredes de mi casa, y procuraba estar siempre en la calle. Esa tarde me fuí directamente a Enoshima y me recorrí la isla hasta el final. Como el camino es único, y el ritmo de cada uno es distinto, al final nos acabamos conociendo más o menos todos los que estábamos en el paseo, cruzándonos aquí y allá según donde nos parásemos a curiosear con más calma alguna parte del recorrido.

Compañeros anónimos de paseo entre los que estaban dos ancianos, él con bastón, ella con sombrero, que andaban con paso ligero, había dos o tres parejas de diferentes edades, y después destacaba el grupo de chicas de aspecto grunge que no hacían más que sacar fotos a todo armando mucho ruido con sus gritos y risotadas. La verdad es que molestaban bastante y mis paseos por aquél entonces buscaban mucho el silencio que me permitiese escuchar el ruido de dentro, así que apreté el paso para tratar de poner distancia entre ellas y la paz que se suponía que tenía el lugar.

Enoshima es famosa, entre otras cosas, por tener muchos gatos que, por lo visto, son un problema para los establecimientos y habitantes del lugar. A mi me gustan los gatos y me paré a acariciar a uno que estaba en un lado del camino, era muy gordo, tanto que parecía imposible imaginarle haciendo cosas de gatos… justo justo hasta que las chicas doblaron la esquina y nos alcanzaron coincidiendo con una estruéndosa carcajada que nos asustó a mi y al animal que se perdió entre los árboles de dos saltos físicamente imposibles.

Ellas se dieron cuenta, pero no dijeron nada aunque, a su manera, expresaron cierta mezcla de malestar y disculpa guardándose para ellas su alegría sonora el rato que pasaron por mi lado.

Las horas parecían haberse dormido a ratos, pero empezó a anochecer y yo acabé sentado en la playa de Kamakura con una cerveza mirando al mar. Compré seis, y la que tenía en la mano era, por lo menos, la tercera de otras tres que planeaba beberme encima de aquella arena negruzca mientras trataba de dejar de pensar.

Ahora me doy cuenta, una vez más, de cómo añoro el calor del verano, a pesar de que aquél momento estuvo lejos de ser el más feliz de mi vida.

Entonces pasó una de las chicas del grupo de antes, pero sin grupo que le corease las carcajadas. Llevaba un pantalón de camuflaje que me pareció muy pasado de moda junto a un niki blanco roto aquí y allá dejando entrever partes de su espalda. Tenía un pendiente en la nariz y un pañuelo azul en la cabeza por el lado de la frente que conseguía que todo su pelo de color caoba colgase hacia atrás, aunque tampoco demasiado porque no lo tenía muy largo. Andaba descalza con sus dos botas negras en las manos, y en su cara creí leer cierto aire melancólico… aunque a ver quién no lo tiene si se está mirando en solitario al mar…

Continua aquí…

 

La nevada

Me despierto con un ataque de tos traicionero que me recuerda que no hace tanto que estuve encerrado entre éstas cuatro paredes una semana entera, lo que me empuja a levantarme y vivir el día lo más vivo que pueda.

Pero tengo sueño, mucho sueño… y últimamente cuesta sacarle un poco de brillo a los días que vienen con una capa de incertidumbre y nervios, de poder y no querer. Todo está girando en torno al cierre de la oficina, que parece inevitable, y a cada uno de nosotros nos afecta de manera distinta. El presidente parece aliviado de deshacerse, por fin, de algo que no parecía motivarle desde hace tiempo, los otros dos empleados que quedan pasan el tiempo entre risas que camuflan preocupación y diluyen incertidumbre. Y mi única amiga dentro de la oficina y yo compartimos tés con posos de congoja cómplice que hace tiempo que hemos dejado de disimular.

Pienso en qué pasará hoy mientras me tomo un café amargo porque se me olvidó comprar azúcar. Me olvido del mundo debajo de un chorro de agua caliente que me templa el ánima y me anima el ánimo, y de repente me acuerdo que cuando ayer dije adios a la noche apagando la luz, estaba nevando. Salgo de la ducha corriendo a mirar por la ventana. Voy dejando un rastro de agua por el tatami, y la estufa protesta cuando la salpico al pasar por encima.

Abro la ventana y todo está blanco ahí fuera. Sonrío al cielo con una mueca de ironía… quizás el invierno quiere reconciliarse conmigo regalándome un día distinto… olvidaré que le odio por hoy. De repente me doy cuenta que estoy desnudo mirando por la ventana y cierro la cortina de golpe.

Hoy todo giraba en torno a la clase de Capoeira, pero las reglas han cambiado, saco la ropa de la bolsa pequeña y meto todo en una bolsa más grande que deja espacio para las cámaras. Y con un termo de té verde bien caliente salgo andando hacía Honmonji olvidándome de que tengo mucho frío.

Las tablas de las tumbas del cementerio que rodea a todo el templo suenan al chocar unas con otras por el viento, es un sonido tétrico por el contexto, que se funde con el de mis pisadas encima de la nieve que cubre el camino. De vez en cuando algún cuervo irrumpe en la melodía de la mañana con sus protestas bajo un sol cobarde que se rindió de calentar en Noviembre.

Hay unos veinte estudiantes en manga corta que corren guiados por su profesor de gimnasia. Les está cronometrando el tiempo que tardan en dar diez vueltas a la pagoda, y ellos se aplican el cuento del frío y corren con ganas mientras sus compañeros les animan, y ríen, y gritan sin importarles que miles de almas están descansando a su alrededor. Pienso en que si yo descansase aquí, no me importaría que de vez en cuando viniesen jóvenes a recordarme, con sus risas, que yo una vez lo fuí.

El cielo está despejado a veces, pero no tanto como para que se pueda ver el Fuji. Aún así voy al lugar desde el que mejor se vé pasando por al lado de tres estudiantes que me miran sonriendo. Una dice a gritos «es un extranjero» y las otras se ríen, «que mono» dice otra, sin importar que yo les entienda o deje de entender.

El Fuji no se vé más que en mi mente…

Avanzo en dirección al templo donde obreros, quizás monjes debajo de los monos, recogen la nieve con prisa, como si no supieran que va a desaparecer por sí misma. Otros acaban de montar el escenario que presidirá la ceremonia del Setsubun, que casi olvido que será mañana, y yo parezco no estar.

Mejor así.

El cuervo, quizás el mismo de antes, vuelve a protestar subido en algún poste. La nieve se derrite. Los estudiantes corren. Un anciano limpia una tumba. Pasa un gato.

El sol sigue sin calentar.

Y yo me voy a la oficina.

 

Te odio

Y mira que lo sabía, tenía claro que me ibas a clavar el frío en la piel el tiempo que hiciese falta para que no importe lo fuerte que lata mi corazón, que la sangre no va a conseguir caldear las venas hasta marzo.

Te odio con toda mi alma, porque hace tres años que sé que me voy a morir bajo tu reinado, que un día no querré despertar porque me habrás minado de más el ánimo y no tendré ganas de seguir luchando, a base de lágrimas, contra la desazón de tener que aguantarte.

Desprecio que desprecies al sol, que ahora sólo ilumina, que vengas sin permiso, que me hayas tenido con la cabeza ardiendo y el cuerpo tiritando, que por tu culpa no pueda seguir siendo yo como yo quiero ser, odio que me retrases la vida llevando y trayendo mis huesos por las calles bajo tu rutina helada en un baile sinsentido que sólo quiero que acabe para volver en mí.

Sé, desde hace tiempo, que me moriré de tristeza un invierno.

Pero no será este, no serás tú el que me mate, aunque no por ello te odio menos. Devuélveme de una vez el alma y vete lejos con tu puto frío, maldito invierno de los cojones.

Año 2009

Casi tres años ya viviendo sólo en otro país, al final va a ser verdad eso de que el tiempo corre más cuando uno no mira… recuerdo que el primer año fue el peor y el mejor de todos, llegué al aeropuerto siendo la mitad de persona y espabilé a la fuerza para que el día a día tuviese más sentido que ver trabajar al reloj. Fue un año de inmensos cambios: de lugares, de personas, de idioma, de manera de llorar.

Después me atreví, poco a poco, a ir poniendo una pieza encima de otra hasta que fuí capaz de construir mis días como yo soñaba, y aunque a veces no se sueña o se convierten en pesadillas, creo que hice un buen trabajo no pensando demasiado en lo que ya estaba tan pensado que costaba saber qué fue real y qué no. Una vida entera de recuerdos que no casan con el presente, y que además están entremezclados con añoranzas ensanchadas e ilusiones del revés.

Y luego llegó el año 2009, el año pasado. Un año de caminar con la cabeza bien alta y sin bastón por los caminos ya andados, y por tanto hechos, los años anteriores. Donde el paisaje es ya conocido, la novedad ya no lo es tanto y todo es más serio, todo tiene más sentido, el sentido de saber que lo que se hace es lo que se quiere hacer y casi no hay decisiones que tomar porque las horas vienen con abrefácil.

Un año en el que me encontré de frente con mi rutina, y mira por donde, nos gustamos de momento.

httpvhd://www.youtube.com/watch?v=Ml1SwF6MgKE

Hasta luego, adios… quizás para siempre.

Apenas un mes después de mirarte mirándome con tus ojos por primera vez en aquellas escaleras, te casaste conmigo por accidente pactado, y en menos de una semana ya nos hemos divorciado a propósito, como dijimos. Y aún sabiéndolo, hoy me he pillado por sorpresa echando tu ausencia de más al preparar un café de menos.

Vuelta al futuro impar, a una taza, un cuenco y un sólo par de palillos por fregar del desayuno, a tres de cuatro agujeros vacíos en el vaso del cepillo de dientes, a la abolición de los turnos del baño, a que sobre cena y falten mantas, a callar después de las diez, a que las velas duren el triple, a las ganas de quererte sin conocerte, a cultivar polvo en las copas de vino, a que el espejo omita tu reflejo y parte del mío, a renovar el contrato de exclusividad con el frío de la mañana, que vuelve a ser mío del todo mientras te busco en otra cara por cada calle.

Venías con fecha de caducidad, como bien daba a entender esa frescura con la que me traías tanto calor. Y te fuiste por donde fuera que viniste, dejándome una cana más en la barba por debajo de estos labios de nuevo huérfanos, y con mil cinco sueños que resoñar, uno por beso y noche.

Le he hecho prometer a la almohada que me guardará tu olor un poco más, e incluso con la tortura de no respirar tu aliento, duermo feliz de haberte podido perder porque eso es que antes tuve el privilegio de encontrarte.

Te veré pronto por última vez, cuando el hasta luego se convierta en el adios que me dejará un quizás tallado en el talle para el más eterno de los siempres.

 

Este año no vuelvo

Y mira que hasta me habían invitado a una alubiada, pero no va a poder ser, aquí me quedo a pasar la nochebuena a lo japonés: haciendo nada y currando el día de Navidad. Bueno, en realidad tengo un plan que es mágico, pero ese me lo guardo para mí y ya lo contaré algún día cuando el ánimo disponga y repose lo que está por sentir.

No tengo ni la más remota idea de qué voy a hacer el año que viene: si seguiré en Tokyo y saldré en la tele, si a mi empresa la comprará Google o cerrará de todas todas y me vuelvo por donde vine, o me quedo donde estoy, trabajando entrehoras de hosto en Shinjuku.

En toda mi vida no he tenido un futuro más incierto: sin un clavel y sin saber qué pasará al mes siguiente. Ya conté que tampoco me preocupaba mucho, lo que tenga que venir vendrá y de amargaos está el mundo lleno. Yo prefiero aprovechar lo mío, que de poco tiene poco, mientras atesoro pequeños enormes logros en esta vida que me tocó en la rifa de vidas, seguro que amañada, de algún Dios con alma burlona que se lo debe estar pasando como nunca con mis dados.

Aún tiritando, estoy vacunado del invierno y si las noches han de venir a helarme los pies, que sepan que de momento ya no me pillan solo, que de vacíos tenía el pecho lleno. Y de día, los míos están conmigo aquí dentro, más o menos por entre el ojo izquierdo y la oreja derecha, al lado de algunos katas, cuatro o cinco piruetas, cientos de tonterías, miles de amores falsificados y apenas tres de verdad.

Así que no me esperéis a cenar porque me da que no voy a llegar a tiempo. Si acaso acordaos un poquito de mí cuando abráis el turrón de chocolate, que yo aquí seguiré un cachito más hasta que acaben de salir los dos seises que me hagan ganarle la partida al de allá arriba.

Yo también tengo quehacer, y es que me he comprado una botella de champán de las caras y ya le hecho algunas marcas para que quede bien claro con quién de vosotros estaré brindando cada vez.

Y de mientras a sonreír, que esto de seguir respirando en realidad va de eso, por mucho que se empeñen en liarnos.

 

Honor

Somnolencia…

Sentado en el tren camino de Kugahara me sueño cabeceando o cabeceo soñando, no sabría decir. Algo me toca la pierna y me asusto asustando a la señora de mi derecha que me había rozado con su bolso. Ambos acertamos a duras penas a pedirnos perdón mutuamente por lo que fuera que fuese.

Despiértate… despiértate…

Subo el volumen y paso dos o tres canciones hasta que suena Estopa con Rosario, y con ellos me quedo el resto de paradas hasta llegar a la estación de Tokyo en cuyo subsuelo se enseña el Karate de hace más de 100 años a todo aquél que se atreva a atreverse.

A mi me suena el runrun de mi corazón, que a mi me gusta que se escuche bien…

Un súpermercado, unos baños públicos, un pachinko y una droguería después hago un quiebro a la pereza y bajo las escaleras dejando de ser yo, o siéndolo más que nunca.

Murakami sensei, quizás el profesor más acostumbrado a enseñar en el extranjero nos da la clase este lunes, aunque yo he dejado de ser extranjero hace muchos meses. Lo sé porque hoy tenemos a un chico que está de visita, uno de esos de paso que ahorran para cumplir su sueño de entrenar en el dojo de Hirokazu Kanazawa, aunque sólo sea por dos semanas. Y tantos vecinos que pasan de largo… hay quien dice que los campos de fuera siempre se ven más verdes.

Él es el protagonista de la clase, como lo fuí yo hace casi tres años atrás.

Los ojos rasgados de Murakami están clavados en sus pies, en sus manos, en el cuerpo del chico rubio de ojos azules que habla con extraño acento y sonríe serio. Y le hace repetir los movimientos el doble de veces que a los demás, le pule, le hace enfadar, le grita mucho y le halaga a veces… le motiva a su manera, a la manera del Karate de aquí, del nuestro. Pocas bromas que esto es serio. El doble de serio vivido en japonés.

Él hace reverencias muchas más veces de lo necesario y dice Oss, y exagera el protocolo porque quizás es lo que desde el extranjero pensamos de Japón y eso del honor de las películas. Pero se nota desde que entró por la puerta que es un buen chico, que le honra su sobreactuado comportamiento por dejar bien claro que mejor humilde que altanero. Y más pisando el suelo que estamos pisando, y sabiendo quién lo ha pisado antes.

A mi ya no se me habla en inglés, ya no se me halaga por halagar, ya no se me grita de más ni tampoco de menos. Lo mío me ha costado.

Nos pone juntos, quizás porque los dos somos extranjeros o quizás no, ¿qué mas da?. Y hacemos técnicas por parejas, a veces él lo hace mejor, a veces yo aunque juego con ventaja porque lo he hecho más veces. Pero el profesor sólo le grita a él, y él hace reverencias. Y dice Oss. Y se enfada por dentro y suda por los dos.

Llegamos al descanso y el chico del chándal, gris esta vez, se esfuerza por levantar la rodilla por encima de la espada de Kendo que el profesor Murakami le pone delante. Ahora le grita a él, pero suena de otra manera, con un deje de ternura que se le escapa. El chico a veces lo hace bien y muchas veces no, pero logra quedarse totalmente inmóvil delante del espejo los dos minutos que le obligan. Qué bonito es verlo, el corazón se me pone a la misma temperatura que la piel y suelto una lágrima por cada uno de los minutos de semejante hazaña allí mismo sentado en seiza, rodeado de ocho japoneses y un extranjero que hace reverencias de más.

Se acabó el descanso, no hay más lágrimas que valgan, al menos no en la media hora que sigue, si acaso hay que exhibir algo, que sea rabia. Repetimos movimientos mil veces repetidos que salen distintos cada vez, creo entender un poco más de cada uno cada vez que olvido un poco de cómo los aprendí. Me miro en el espejo y me siento orgulloso de estar ahí, de que me duelan tanto las piernas que tiemblan solas aún estando quieto. Y grito, y levanto la pierna a alturas impensables tiempo atrás, y giro y paro un golpe imaginario al que contraataco con todo mi ser expulsando en el último momento cada centímetro cúbico del oxígeno que había guardado exactamente para ese instante. Esto soy yo, no hay más que pueda dar. Ni menos.

Y se acaba la clase, y en línea saludamos al dojo, al profesor y a los compañeros, y recitamos en japonés frases que se escribieron en Okinawa, a un par de horas de avión de mi casa.

El profesor se retira dejando reverencias a su paso, y nos quedamos sólos con nosotros mismos. Yo estiro y observo en silencio al chico extranjero, que lo es tanto como yo, y le veo practicar delante del espejo algunos de los movimientos de la clase. Entonces el señor mayor va donde él y le echa la bronca por algo en un japonés rudo que suena a cinco veces por encima del pobre chico que sólo acierta a hacer reverencias y pedir perdón sin entender porqué.

Gomen nasai. Shitsureishimashita

El señor le da la espalda sin contestar mientras al chico se le va el alma con cada reverencia. Y yo, testigo mudo de mí mismo no hace mucho tiempo atrás, me siento, de repente y por medio segundo, casi orgulloso de haberle fracturado el orgullo a semejante indeseable.

Entonces me levanto y me pongo entre la espalda de uno y las reverencias del otro, y le ofrezco mi mano, y con ella, todos mis respetos:

Nice to meet you, I’m Oskar from Spain, where are you from?

Y lo que haga falta.

 

A la izquierda del cero

Cuando el cielo amenaza nostalgia y siempre comunica el teléfono de los sueños porque no se quieren poner.

Cuando lo de fuera es mentira y lo de dentro sólo mío porque nadie llama.

Cuando las pestañas pesan de más lastrando los párpados y uno es la mitad de lo que fue, y ya no hay olores que sepan, ni sabores que huelan, ni sonidos que ver, ni más paisaje que recuerdos de colores claros del pasado superpuestos en un mundo de tonos que caducaron ayer.

Cuando las horas vocean a los cuatro vientos que están limando la vida por real y cruel decreto de los días, y lo que se pone al buen tiempo es mala cara y al mal tiempo, lágrimas.

Cuando ser es nadar en un río revuelto donde ni los pescadores se acercan porque hay un tipo que sólo ve empañado y les mira con la cabeza bien baja.

Cuando sobre las íes ya no importan los puntos y empieza a dar igual que haya íes, llegas tú y vas y lo das todo por posible, y me haces estar a tus anchas, y traes las llevadas que sacan las cuentas haciéndome pasar, de la mano, al otro lado del cero.

Los dos sabemos que te irás pronto, pero, ¿sabes?, da igual porque ya me has vacunado del invierno y sé que podré seguir con esto tan mío de ir apretando mucho más de lo que abarco.

Aquí me quedaré cuando pase, intentando, una vez más, que dejen de salir mis restos en todas las divisiones.

 

Ésta mañana, la de hoy

Mi hermano Javi abre el regalo y nos regala sus carcajadas, ésas que suenan entre sinceras y fingidas dos a dos, pero de inmensa felicidad contagiosa.

  • Como te pasas, titi – me dice entre medias, y yo medio emocionado le hago coro mientras encuentro la mirada de mi madre que parecía estar buscándome desde hace una eternidad.

Entonces me despierto…

El niki verde lo es unos tonos más oscuro en el lado izquierdo de mi pecho, como si los latidos hubiesen costado el doble.

He sudado, pero tengo frío.

No…

No puede ser que otra vez empiece mis mañanas de ésta manera… con un corazón escarchado que cada vez cueste más cafés caldear.

No puede ser, todavía no, por favor.

El regalo para mi hermano todavía descansa encima del tatami, junto a los narukos de Yosakoi y el cinturón de Karate. A veces creo que bastaría un vistazo a mi habitación para saber, con bastante exactitud, qué hace y cómo es el que allí vive. Me gusta ésa sensación de calidez que da tener todo lo que soy yo sin encerrar entre armarios, porque cada vez que deslizo la puerta, me encuentro de golpe con lo que está formando mi vida en este momento. Es como un lienzo cambiante de mi mismo que puedo contemplar siempre, decidiendo qué pinceladas sustituirán o cubrirán a otras sobre la marcha de ésto que es vivir.

Como sé que pasará todos los días de este invierno, bajo las escaleras con un empacho de melancolía y café, de nostalgia y galletas, de frío y de frío. Y por una alfombra de hojas marrones camino ausente bajo la lluvia que, gota a gota, marca el ritmo de mis pasos en el paraguas.

Esbozo una mueca de sonrisa triste al acordarme de mi hermano. A veces alguien viene a visitarme por dentro y se queda acompañándome un rato en mi deambular por las horas. Hoy parece que toca Javi y los paseos con su mano en mi hombro, las canciones de Sabina que cantábamos a medias, las cosquillas que provocaban lágrimas opuestas a las de ahora…

Hay días en que cuesta verle el mar a la playa, y lo que queda es un desierto.

Ya estoy sentado en el tren y no puedo dejar de mirar, sin ver, al suelo. No quiero levantar la vista porque a nadie le interesa saber que está un poco más empañada que los cristales, así que busco algo de música que me distraiga de mis recuerdos. Suenan dos o tres canciones y de repente me oigo a mi mismo leyendo la historia de aquella chica que me regaló su olor durante un mes, y me quito los auriculares con rabia… ¡basta de melancolía por esta mañana! もういい!

Descubro de golpe que la chica del paraguas amarillo que tengo delante me está atravesando con sus ojos, parece que lleva leyéndome desde que me senté cuatro estaciones atrás a pesar de mi empeño por aparentar lo que los demás entienden por normalidad.

Ya en el andén camino de la oficina la busco por entre los cristales, y encuentro su mirada que sostengo hasta que el tren decide aburrirse de la parada rompiendo de un pitido nuestra pequeña y breve complicidad.

Pero antes creo leer en ese otro par de ojos tristes que no… que ésta mañana, la de hoy, tampoco es la suya.

 

Ése momento

El sábado me volvió a pasar, ése momento…

Es tan fácil dejarse llevar río abajo por la corriente de la rutina, que uno se olvida de que está viviendo en un país diferente. Bueno, no es que se te olvide, es que distraes, o priorizas, la consciencia y te haces tanto a ello que deja de importar.

Cuando uno viene aquí de visita por primera vez, los sentidos se saturan con tanto que reciben: el idioma, la comida, los lugares, la gente… eres plenamente consciente de tu condición de extranjero y quieres creer que resultas exótico a los ojos de los que aquí viven, aunque muchas veces lo cierto es que eres totalmente ignorado, lo que, por otra parte, no tiene porque tener un significado negativo, ni mucho menos. Yo en la gran mayoría de situaciones, prefiero que me dejen en paz, supongo que porque soy más tímido de lo que pretendo.

Pero si trabajas, si vives aquí, todo es muy diferente. Dejas de prestar tanta atención a lo que te rodea, digamos que te acostumbras a casi todo lo que te encuentras en el día a día.

Todo se hace hábito: ir a trabajar en bici, el arroz, las reverencias, las latas de café caliente, el ramen, los izakayas, los trenes… se relativiza su importancia que ya no se le da, o no más que la que yo le daría a coger el coche en Bilbao o irme de pintxos. Es ya lo normal, algo inherente al pasar de las horas estando donde estamos.

Aunque de vez en cuando surge ése momento. De repente levantas la cabeza, miras a tu alrededor y súbitamente te das cuenta de que eres el único extranjero, de que todas las personas que te rodean son totalmente distintas a tí. Nadie te mira, nadie te dice nada, no importa en realidad, pero de repente tomas plena conciencia de ello y de alguna manera te afecta, te altera, te supera un poco. No sabría catalogar la sensación con exactitud, pero tiene algo de nerviosismo, una pizca de temor y mucho de emoción por estar viviendo eso tan raro de ser el bicho raro, el diferente.

El sábado fue en el último tren camino de Shibuya con una multitud de gente apretujándose. Al abrirse las puertas de la penúltima estación, los que querían salir empezaron a abrirse camino a empujones. Entonces miré, y no ví a nadie como yo. Japoneses entrajetados, grupos de jóvenes con la noche a medio empezar junto a parejas de retirada, pero ni un extranjero. Sólo yo. De repente se me hacinaron en la mente mil pensamientos. Entre otros, en ese momento te acuerdas de todos aquellos que hablan de lo racista que es Japón. Y por un momento sientes miedo por si fuese verdad, que rara vez resulta serlo en mi mundo: yo miraba a todos, pero nadie me miraba a mí, como suele pasar.

Los lunes casi siempre soy el único extranjero en la clase de Karate, y a veces el de más nivel, con lo que me ha tocado dos veces ejercer de senpai guiando a los demás al principio y al final de la clase. La emoción cambia radicalmente, ahí me siento como un total privilegiado que está viviendo una aventura imposible de describir en los términos del sentir, algo más parecido a una película que a la realidad. Y sienta bien, si señor.

En Yosakoi soy uno de los tres extranjeros, aunque raramente nos juntamos todos, y entonces me acuerdo de lo mucho que se supone que ligamos con las japonesas, y voy yo y me lo creo durante un poquito hasta que te das cuenta que de verdad no tiene tanto como alardean algunos. El sentimiento es de impotencia, no por no ligar, sino por no poder comunicarme con fluidez en su idioma, que es el de jóvenes de veintitantos que no paran de bromear entre sí. Soy uno más… si no me hablan mucho. Tristemente participo en las conversaciones con la boca al 30% y la mente al 130%.

Tres ejemplos que demuestran que ése momento es único cada vez, igual de único que lo es uno mismo en ese instante.

Pero de éstos, el más emotivo es el del sábado, el que sucede cuando menos te lo esperas. Ese tipo de ése momento a mi me da vértigo porque viene tan de golpe que te inquieta, te violenta, te descoloca y crees que debes reaccionar de alguna manera cuando en realidad no hace falta que hagas nada. Aunque durante un rato a mi me cueste sincronizar de nuevo la respiración y el pulso con la razón.

 

 

Brillando por tu presencia

Fui el tercero de la lista de los tres hijos de mi madre, aunque ejercí del mediano a expensas del mayor según me convenía y eso que me quedé a medio crecer entre cuatro casas, siete bares y un polideportivo que quedaba lejos.

Heredé el gusto musical del que compartía mi habitación, aunque él decía que era suya, y empezaste a acompañarme por entre andenes en polvorosa, pupitres en tela de juicio y noches de picos pardos y lunas negras.

Hablabas de poetas y aeropuertos, de placeres de besos sin amor y mentiras de obligado acatamiento mientras yo buscaba un atajo a Jauja por entre las líneas de mis manos. Levantabas la falda a la luna, te abrazabas a verdades desnudas de tus feas en hoteles dulces de amores furtivos y horas secretas porque se iban dando más allá de las diez. Y yo seguía sin conseguir poner mucho más de metro sesenta entre la suelas de mis zapatos y las entradas de mi frente que se agrandaban con cada intento.

Tu velabas veladas a la vez que yo aprendía a mirar fuera de tiesto, a invertir en velas para estar a alguna más que dos, a provocar que me bajasen de una hostia los humos, con acné, que intoxicaban la poca ilusión de mis amaneceres de tests de autoescuela.

Aquél día tu le hiciste un quiebro a la cerrajera con guadaña que venía a tu derribo, y apareciste con la cara redonda, cigarros de plástico y voz de antes del amanecer. Y todos te dimos por vivo.

A mi un juez que se creía Dios me condenó a soledades forzadas al desamparo de las leyes de la vida, aunque he aprendido a violar, cuando nadie mira, la orden de alejamiento contra la felicidad que también me impuso de propina mientras tu seguías componiendo tus sonetos de alterne con rima canallesca.

Te traiciono cada día, pero cuando el ánimo decide volar bajo dándomelas con queso, te las apañas para aparecer aventándome tu aritmética de pareja, tus doses de más de un par y tus infames verdades como incordios que me dejan la crisma sin blanca y me acartonan el dique.

Y es que, Joaquín, la gran mayoría de mis lágrimas han brillado por tu presencia.

Todo un gusto poder sentirte de nuevo ahora que llega el maldito invierno maquinando cómo cuartearme el talle desde dentro.

httpvh://www.youtube.com/watch?v=vkuw4ha_oUw

The Pasatela Blues

Desde que llegué a Japón han cambiado muchas cosas en mi vida, seguro que muchas más de las que soy consciente. Algunas forzadas por las circunstancias y el resto pues entre sin querer queriendo y queriendo sin querer. Podría decir, no, afirmo convencidísimo que mi vida tiene poco que ver con la que tenía hace casi tres años cuando llegué.

Si lo pienso un poco, podría poner mil ejemplos, de hecho seguro que si me pongo hasta clasifico los cambios por temas: comida, aspecto, actitud, rutina, costumbres, amistades, prioridades… madre mía, creo que poco tengo que ver con el Tosca de antes. Y esto es para bien o para mal, porque hay de los dos tipos, y lo bueno quizás es darse cuenta de ambos.
Últimamente estoy viviendo un cambio del tipo A, de los forzados, y es que la empresa para la que llevo trabajando desde que empecé, se está quedando sin dinero. Llevo unos tres meses sin saber si me van a pagar el mes a tiempo para poder apoquinar el alquiler del piso. Este mes ha sido el que más al límite he estado, la transferencia llegó ayer, y el último día para pagar la renta es mañana, me he salvado por los pelos de tener que echar mano de los ahorricos que tengo en mi otro banco y cada día el de más gente.

A parte de cambios, conscientes o no, también tengo una especie de código a lo padre de Dexter. No es que me dé por salir por las noches a liarla parda con una jeringuilla, la cosa va por establecer una serie de límites dentro de los cuales me he de mover por entender que es mejor seguir por ahí. Una de estas normas es la de no gastar dinero de los ahorros de España, es decir, que mientras viva en Japón debo ser autosuficiente. Esto implica que durante los tres últimos meses no me he comprado nada de ropa, he estado cocinando la mayor parte de lo que me he comido, me he apuntado a menos gambieventos de los habituales… hasta me he comprado un chubasquero de cuerpo entero para seguir viniendo en bici a trabajar aunque caiga la de Dios es Cristo. Bueno, esto no por hablar del desodorante, que he cambiado el Axe pequeñito por uno japonés el doble de grande pero la mitad de efectivo, y si no preguntadle al pastababas que secundará mi opinión a la vez que come gyoza y bebe té sorbiéndose la moquera.

Básicamente el dinero ha sido algo que no me ha preocupado demasiado desde que llegué, no es que cobrase un dineral, lo cierto es que cobro menos que lo que ganaba en Bilbao, pero tampoco es que me dedique a comprarme todo lo que vea. Un izakaya de vez en cuando, visitas al Uniqlo y dos o tres caprichos de los gordos en tres años.

Así que en todo este tiempo de cambios, es normal, pues, que yo haya cambiado también y lo he notado en la manera que he tenido de reaccionar a esta incertidumbre económica en la que me han puesto. ¿Pues no resulta que últimamente me lo estoy pasando mejor que nunca?, no es que no piense en el problema, que está ahí, sino que me he adaptado completamente sin un mínimo de amargura. Es como un paso más que la sola resignación: entiendo lo que pasa, sé lo que puedo y no puedo hacer para remediarlo, y sigo con mis historias.

Si en Bilbao me dijesen de repente que quizás ese mes no me pagasen, habría reaccionado muy diferente aún teniendo el apoyo de mi familia muy cerca y siendo la situación bastante menos grave, incluso si me quedase sin trabajo allí habría sido la mitad de serio que si me pasase aquí.

Ayer me puse a pensar en las razones por las que aquí estoy tan tranquilo, tan feliz a pesar de todo. Creo que lo más importante es que estoy haciendo lo que me gusta: creo en la empresa, me gusta mi trabajo, me motiva y aprendo algo nuevo casi todos los días. No tengo que tratar con gente que me cae mal, no tengo más presión que la que me pongo yo mismo porque soy juez y parte en el proyecto, no hay ningún mal rollo al que enfrentarme a diario. Así que puedo decir que aunque mi economía ande parecida a la de Rumasa, profesionalmente estoy plenamente satisfecho. Si la cosa sale bien y despegamos, sería el tío más feliz de este lado del quinto pino.

A nivel personal estoy a medio soñar la mayoría de los sueños que he tenido siempre: sigo haciendo Karate y encima en uno de los mejores sitios del mundo. En Bilbao no pude porque no encontré mi lugar, y sabía que mi vida no estaba completa del todo. Así que saber que tres veces por semana voy a ponerme un traje blanco para hacer algo que sé que se me da bien, que me motiva por tanto que me pueden enseñar, hace que la parte física la tenga cubierta. Esto también he descubierto que es importante para mí, no sólo Karate, sino hacer ejercicio, creo que no ha habido ninguna época de mi vida en la que no haya hecho algo de continuo, aunque sea ir a correr por las noches.

Y descubriendo que es una gran verdad eso del Mens Sana in Corpore Sano, me da por estudiar japonés, ceremonía del té y aprender fotografía que me hace sentir que estoy haciendo algo con mi tiempo que merece la pena sólo por lo gratificante de los resultados que no dejan de mejorar, pero sobretodo porque pueden mejorar mucho más.

Añadiría a esto de la mente y el cuerpo, que también hay que cuidar el alma y entonces resulta que me da por escribir y descubro que las lágrimas que a veces mojan el teclado hacen las veces del psicólogo que nunca tuve. Me pasan muchas cosas por entre la mente y el corazón, y escribirlas es ordenarlas. A vosotros os cuento muchas de ellas, otras me las quedo para mi, pero qué alivio es tener las ganas de compartirlo, de sacar los pensamientos a secarse al sol para guardarlos bien templaditos después.

Además ésto es una cadena porque si te sientes bien contigo mismo, las ganas de hacer cosas salen de debajo de las piedras: que si disfraz del gatostiable, que si fotos y vídeos chorras… lo que me río yo con ello no tiene precio.

Y es que eso del dinero está sobrevalorado, no hay yenes suficientes para comprar lo que yo sentí el día que me saqué el cinturón negro, ni cuando salí en Ikebukuro a bailar. Tampoco me piden entrada cuando me siento en Honmonji por la noche a ver parejas de ancianos de mil años que van cogidos de la mano a rezar, y a día de hoy, eso del querer me lo dejan gratis.

Está claro que si cobrase el doble, mi vida sería mejor, pero ¿sabéis qué? que no sería el doble mejor ni de lejos.

Al llegar las cinco de la mañana

Al llegar las cinco de la mañana, la noche agoniza amenazando con dejar al descubierto lo que ocurra a partir de su muerte, pero jurando llevarse a la tumba los secretos acontecidos bajo su cobijo.

La música se para dando tregua a los oidos y los focos se encienden poniendo a trabajar a las pupilas que estaban a media jornada viendo el doble de la cuarta parte en el mejor de los casos.

Los vasos desaparecen de su sitio y no queda otra que unirse a la procesión de almas desterradas en busca de algo que desayunar al amparo del sol que amanece, a traición, por la espalda.

El olor a tabaco es omnipresente, no hay un sólo zapato limpio y la garganta únicamente alcanza a emitir sonidos cuatro tonos por debajo.

Se hacen amigos que lo son el doble, amistades de hielos, burbujas y grados de fermentación que son testigos, bajo pena de querella por claúsula de nocturnidad, de manos que se escapan y besos con coartada que se esconden, altaneros, por lo bajo.

El estómago no sabe muy bien si aceptar lo que le ofrece el sentido común, y con ambos dando vueltas montamos en trenes cuyo estómago alterna jubilados con mochilas y cuerpos malogrados de almas dormidas que van a su exilio al son de amagos de latidos de corazones agonizantes. Huele a lágrimas de alcohol, a sudor de desencanto y, a veces, hasta a humo de contento.

Volvemos a casa defendiendo, una vez más, el título de campeones trasnochadores del vecindario, aunque, cabeza gacha, tratamos de no ostentarlo por evidente que resulte en un lugar donde lo único fresco que no acompaña al amanecer es lo que se nos vé entre la coronilla y el talón de aquiles.

Al llegar las cinco de la mañana los cuerpos quieren dormir y cuando lo consiguen, las mentes todavía no pueden distinguir si lo que ven es real o ya no.

Lo peor es no saber qué sendero elegir, si seguir un rato más por el de curvas de los sueños, o atreverse a tomar el desvío de cuestas del despertar en el que hay que pagar peaje a la luna por su servicio de confidencialidad. Y es que es terrible acordarse de golpe que ésa tipa sólo se conforma con dolores de cabeza, engrudo en las papilas y tragaderas del revés.

 

La chica de Shimokitazawa

La chica de Shimokitazawa

El día que compré la cámara de fotos grande decidí darme una vuelta por Shimokitazawa porque por aquél entonces la energía y la ilusión con las que cogía los fines de semana todavía no entendían de obligaciones y rutinas. Eran otros tiempos, a veces pienso que mejores aunque no los cambiaría por los de ahora de patadas de Karate y bailes de Yosakoi cuyo sudor tiene, a menudo, más que ver con el corazón que la propia sangre.

Recuerdo una lista interminable de barrios de Tokyo que iba recopilando durante la semana. A veces los veía por internet, otras me los contaban y yo siempre lo apuntaba todo. Cuando llegaba el viernes por la noche elegía uno, normalmente al azar, y copiaba los datos a lápiz en el reverso de unos papeles de origami que hacían las veces de postit: líneas y estaciones de tren, horarios, tiendas… Nunca pude hacer nada más que la grulla con ellos, pero supe darles un buen uso, al fin y al cabo componían las figuras de mis fines de semana.

Las pupilas saben que el escenario es el mismo, y el personaje principal sigue siendo el que sale en mis espejos, pero es claro que la función parece haber cambiado de acto y no ha lugar volver atrás porque aquello ya se representó con éxito. Hoy los sábados son de Karate y los domingos de Yosakoi aunque siempre haya entreactos en papel de origami y esperanzas con agujetas.

Había mucho de arrepentimiento aquél día, y los venideros, por haberme comprado una cámara que necesitaba de mucho más que un bolsillo para acompañarme, y supe entonces que el dineral que me había costado iba a costar ser amortizado entre tantos botones y ruedas porque seguramente el modo automático iba a mirar por encima del hombro a las ganas, o la pereza, de aprender a manejarla.

Quizás para tratar de olvidarme de tan caro, pesado y aparentemente inútil colgajo, decidí que ya iba siendo hora de marcar el teléfono que aquella chica me había enviado después de unos cuantos intercambios de mensajes con más mensaje que letras escritas. Siempre habíamos bromeado sobre que no nos íbamos a poder entender porque ella no hablaba inglés y yo tampoco japonés, pero que seguramente nos llevaríamos bien porque, al menos en aquellas palabras escritas en pseudoinglés, parecía que nuestros temples entendían a templarse mutuamente.

La llamada fue un desastre y acabó conmigo esperándola en la salida de la estación opuesta a la que ella me explicó de mil y una formas.

  • Don’t move, ne, ima ikimasu kara -me dijo
  • Ok -contesté a lo primero, con esperanzas de que lo segundo fuese lo que yo creía haber entendido
  • Osukaa? – escuché al de unos minutos- halooo

Cuando me giré vi a la chica más guapa del mundo y pensé que si era ella de verdad, entonces iba a pasar todas las noches de mi vida en vela estudiando japonés para poder seguir viéndola el máximo de los latidos que me quedasen. Me dolían los ojos a causa de su sonrisa y si los cerraba la seguía viendo porque ya me había cegado para siempre jamás. Su piel morena se burlaba de cualquier tópico, su pelo parecía dibujado y colocado al milímetro sobre aquellos ojos tan distintos a los míos, que no podía dejar de mirarlos.

  • Haloooo, nice to meet you finally -me dijo como pudo
  • Very nice to meet you -dije como pude esforzándome el doble que ella por hablar y no sólo por el idioma

Después fuimos a un bar, un irlandés de éstos que tan buena suerte me traen y pusimos dos jarras de cerveza negra entre nuestras sonrisas, la mía la más estúpida del mundo, la suya haciéndole competencia al sol. Yo no era yo. Era verano y tenía frío, y habría tenido calor de ser febrero porque mi cuerpo estaba desajustado por no saber qué hacer con todo aquello que le llegaba por los sentidos.

No fuimos capaz de acabar ninguna frase por culpa del idioma, pero el punto y coma lo poníamos riéndonos en todas y cada una de ellas.

Y parecía tan de verdad que yo me lo creí por si acaso.

Quedamos algunas veces más después de aquella, y yo siempre llevaba la cara de tonto puesta desde casa. Hasta que aquella mañana de domingo en el parque de Yoyogi dijo que quería hablar conmigo. Sonó tan serio que estuve nervioso, más si cabe, desde el primer minuto que la ví. Bajo el cotilleo omnipresente del sol paseamos durante largo rato hasta que nuestras piernas acabaron tomándose una tregua consentida en un banco. Allí me cogió de la mano derecha con su mano izquierda y puso la otra encima. Todo el calor del mundo se fué allí, a esos cinco dedos que daban envidia, de la mala, al resto del cuerpo. Deseé ser tan pequeño como mi mano y poder recostarme en una y taparme con la otra para dormir allí acurrucado para siempre.

Costó mucho, muchísimo, que empezase a hablar, y yo que sabía que lo que fuera que fuese que me quería decir tenía que ver con grietas y ventrículos, esperé pacientemente atesorando el tacto de sus manos mientras respiraba el olor pregonero de su silencio agridulce.

  • Hace tiempo que te quiero decir algo -su inglés sonó perfecto, se notaba que se lo había preparado- y es que tienes que saber…

  • Ya está, se acabó, un mes había durado el sueño y ya iba siendo hora de despertarse -dijo mi mente- Si, dime -camufló mi garganta.

Con una lágrima quitó el pestillo y las puertas de su alma se abrieron dando un portazo por la corriente provocada por sus miedos y temores. Habló de nacionalidades y de personalidades, de futuros hipotéticos y almas partidas en trozos que nadie supo juntar de nuevo del todo. Y todo sonó tan razonable, tan poco a mentira, que no pude más que acatar todos y cada uno de sus secretos.

Y de doloroso acuerdo, no nos volvimos a ver más que entre las líneas de algún mensaje que todavía hoy compartimos entre primaveras y otoños.

Ahora yo también guardo un secreto. Y es que la veo a veces cuando amanece sin nubes y después de mirar al sol por un segundo, vuelve su sonrisa a rubricar mis párpados por el lado de dentro.


 

Viernes, 18 septiembre 2009

2

¿Por qué ya no sueño? me pregunto mientras me incorporo desde el futón, ¿o quizás es que no me acuerdo?… como quiera que sea, es cierto que hace mucho que no recuerdo mis sueños, esos en los que aparecían capítulos de mi vida con personajes mezclados, que nunca se habían conocido entre ellos pero que interactuaban como si así fuese. Había sueños en los que mi madre hablaba con mi antiguo jefe y lo hacían en japonés, ella hasta con acento extremeño, y todo parecía normal.

Pero esta mañana parecía que hacía una eternidad desde el último. Sin ser bueno ni malo, sólo raro. No importaba demasiado, hoy es viernes y había quedado con Michiko y una chica que me quería presentar en Ikebukuro. Apenas sabía nada de esta historia, pero me dejé llevar hasta el punto de estar entusiasmado, tanto, que planché la camisa blanca de manga corta que tan bien creo que me queda antes de salir de casa.

Afeitado y con gomina pedaleé los cinco kilómetros que me separan de la oficina, pero hoy con calma para no sudar más de lo normal no vaya a ser que el olor del aftershave fuese anulado antes de tiempo. Cuatro, cinco, seis, nueve… cando la bici tratando de no olvidar la combinación y entro en la oficina. Saludo y de cinco personas me lo devuelven tres, no está mal, haremos una raya en la pared.

Michiko me pregunta si he leido el correo, le digo que no y entonces me cuenta que la chica no puede venir, que mañana tiene que madrugar y que mejor otro día con más calma. Miro la camisa semiarrugada y me río, le cuento lo de la plancha matutina y nos reímos juntos, después le pregunto si tiene algo que hacer, que ya me había hecho a la idea de no irme a casa después del trabajo. Me dice que si no me importa ir con ella, que encantada, le digo lo mismo, nos volvemos a reír. Nadie nos entiende porque hablamos en castellano, y con esa complicidad implícita frente al resto quedamos a las seís y media cerca de la estación de Meguro.

Llego tarde, como un cuarto de hora porque mi ordenador no va todo lo rápido que yo creía, o porque me propongo hacer más cosas de las que debería, no sabría decir. Pero llego, le pido perdón y ella le quita importancia riéndose como siempre y preguntándome por temas de trabajo. Pienso en que el mundo sería maravilloso si todo el mundo fuese como ella.

Llegamos al izakaya y nos sentamos, pedimos dos cervezas y entonces nos falta tiempo para hablar. Ponemos un poco a parir a los demás de la oficina, no demasiado, a cada cual lo que le toca como harán ellos con nosotros. Y van llegando platos, y se van vaciando las jarras y llegan otras relajando la vergüenza y relativizando el respeto.

  • ¿Te acuerdas del día que llegué? yo estaba muy cansado y me moría de sueño

  • ¡Si me acuerdo! te abrí la puerta y llevabas una playera roja con un muñeco en la espalda, y dos maletas enormes, y mientras esperabas al jefe dabas cabezadas en la mesa del sueño que tenías. Ese día no te dije nada, pero parecía que habías llorado mucho

  • Fíjate, tenía tanto miedo que el chico que había a mi lado en el avión tenía que estar asustado . Pero imagínate, dejaba atrás mi vida anterior para empezar desde cero una nueva. Ya había estado en Tokyo una vez, como sabes, pero fué acompañado. Ese día llegué sólo y no tenía ni idea de nada de lo que iba a pasar.

– ¡Qué me vas a contar que me tiré diez años en México!. Me acuerdo que Eric te acompañó al hotel al que ibas, ¿te acuerdas de Eric? ¡mira que era raro el francés!

Alguien grita al lado, es una chica que está borracha. Michiko la mira fijamente, se la nota molesta

– ¿Por qué tiene que hablar así?

  • ¿A gritos? pues estará borracha, no le hagas caso
  • No es sólo eso, dice palabras muy feas, como si fuese un hombre, ¡pendeja!

Su acento mexicano me suena bonito, casi poético. Alguien nos interrumpe, una chica vestida con escasa ropa de cuero blanco nos pregunta si fumamos, le contestamos que no y se va disculpándose por habernos interrumpido. La miro irse y me arrepiento de no fumar. Michiko me ve:

– ¿Le decimos que vuelva?

  • Es que vaya vestidito que me traía… ¡si hace falta fumar se fuma!

La miro reirse y cómo se le acentúan las arrugas alrededor de los ojos que se le empequeñecen aún más. Con alguna jarra más de cerveza, llega su turno y no sé cómo la conversación empieza a girar en torno a su vida en México. Diez años, algunos atracos, un terremoto y mucho corazón.

– Voy a volver el año que viene, aunque mi madre se enfadará -al decir ésto, sus manos hacen el gesto de poner cuernos, creo entender que es la manera de gesticular el enfado- porque dejaré a mi padre sólo, pero quiero ir aunque sean dos semanas

– Claro que si, dos semanas no van a ningún lado y te lo mereces
-me pregunto si estaré hablando más de lo que debería- desde que tu padre está en el hospital no haces otra cosa que estar pendiente de ellos, no creo que pase nada porque vuelvas y así te olvidas de todo un poco

Me da la razón y aunque siempre me la dá, ésta vez sí que creo que la tengo aunque la sensación de hablar de más sigue ahí. Vuelve la camarera, trae más platos y más jarras. No me había fijado en ella, no es que sea especialmente guapa pero sí que es resultona… pienso en que a veces me gustaría no estar tan sólo.

– Qué pena que no haya venido hoy Chiaki, creo que te habría gustado -dice como leyéndome las pupilas

– Bueno, pero si hubiese venido ella, seguro que no hubiésemos hablado de todo lo que llevamos ya hablado, así que no pasa nada

Mis dos años y medio de esta nueva vida pasan ante nosotros, recordamos muchos momentos juntos y separados, nombramos personas que ya no están con nosotros, compañeros y compañeras que compartieron parte de sus vidas con las nuestras y de los que no sabemos nada. Nos desciframos mutuamente un poquito más hasta que finalmente nos despedimos con un abrazo enfrente de personas que normalmente no se abrazan por la calle. Ella se va en tren, pero antes de doblar la esquina se vuelve y me mira diciéndome adios con las manos. Le devuelvo el saludo y me vuelvo a casa sólo una vez más.

Mirando al cielo pienso en lo distinta que sería mi vida aquí sin ella. Entonces empiezo a bajar la cuesta que me lleva hasta la bici detrás de tres japoneses con traje que están borrachos y ríen y fuman y me obstaculizan el paso. Yo rebusco en mi bolsa, pongo música al azar y Doctor Deseo me recuerda de donde vengo aún estando donde estoy.

Tuviste que decirme adios, calles hundidas a mis pies para echarte en falta hasta la muerte, y yo bailando al ritmo de mis zapatos negros como una veleta fiel al viento…

Y bajo la luz de la luna caen algunas lágrimas de mis ojos. Lágrimas de felicidad y de tristeza, de dicha y de desdicha, de amor y de soledad. Lágrimas que me recuerdan lo que tenía, lo que tengo y que anuncian, desafiantes, lo que tendré.

Y yo sigo mi camino. Con ellas.

Vamos a engañarnos y dime, mi cielo, que ésto va a durar siempre…

La señora de los paraguas, epílogo

Llevaba ropa oscura cumpliendo esa absurda regla universal de los ancianos, incluyendo un sombrero negro que apenas lograba ocultar su pelo blanco. Una vez pensé que una cana era un sueño tan tan deseado que al no cumplirse atormentaba a la persona hasta que ésta trataba de dejar de añorarlo eliminándolo por los poros destiñiendo un poco el color que la vida tenía hasta ese momento. Hoy sé que cada cana tiene un significado diferente y que todas y cada una de ellas se sabe a pies juntillas porqué está ahí aunque a su dueño se le quiera olvidar.

A juzgar por su mirada, a ella no parecía ya importarle eso de cumplir sueños porque su vida misma lo era. Debajo del sombrero había una sonrisa que le comía la cara y lo demás carecía de importancia. Me sonreía a mi, a otros vecinos, a los perros, a los coches, a los cuervos y a las nubes… A veces me daba los buenos días y yo no dudaba en pararme y devolvérselos con una reverencia que ella correspondía para darme la espalda satisfecha y seguir moviendo su escoba de ramas olvidándose al instante de mi. Me pregunto si supo alguna vez que yo era extranjero.

Sólo recuerdo una vez que alguno de sus paraguas tuvo sentido, quizás porque ese día se olvidó de sonreirle a las nubes y éstas lloraron un poco sobre su sombrero negro que ella tapó con un paraguas del mismo color. Tengo esa imagen remachada en la memoria, la de ella vestida toda de negro mirándome quizás sin verme, y sin sonreír. Como si todos los días de su vida se hubiese estado preparando para ese momento, colocando los paraguas con cuidado sobre el guardarail hasta que por fin llovió y a ella no le pilló de improviso. En mi mente la escena es en blanco y negro como el póster de una película antigüa. El blanco, el de su pelo y el de las nubes, el negro, el de su silueta, y todo lo demás gris, para que no destaque nada más.

Después no la ví más. Las ventanas de su casa dejaron de proyectar sombras de muebles que se veían desde la calle, los paraguas desaparecieron, ella desapareció. Nevaron pétalos de cerezo al son de tambores y pasos de baile. Llovieron tifones que fueron evaporados por soles abrasadores empapando el ambiente y la tez de las gentes. La tierra tembló una, dos, tres veces removiendo las razones por las que sigo yo aquí, pero ella nunca volvió a barrer las hojas de la carretera con su escoba de ramas, no volvió a rodearse de paraguas mirando a la gente con esos ojos desorientados dibujando una expresión limítrofe con el mundo de los cuerdos.

Este fin de semana una familia se ha mudado a su casa confirmando que ella no volverá. Y yo sé muy bien que éste pelo que antes era marrón claro como todos los demás, ha perdido su color para que nunca se me olvide una de las primeras personas que no dudó en regalarme su cándida sonrisa desde que llegué. Aunque a ella sí que se le olvidase al instante cada vez.

Capitulación

  • ¿Cuántos años llevas haciendo Karate? -le preguntó el profesor al francés de ojos azules
  • En Japón llevo 21, así que unos 15 -contestó él en el japonés más acaramelado y rimbombante que he oido en mi vida- poco a poco, ne
  • Da igual -contestó el profesor- da igual que practiques otros quince porque no vas a mejorar, lo que es admirable de verdad es que sigas viniendo a pesar de todo.

Ambos, el francés y yo, buscamos desesperadamente una mueca, una sonrisa en los labios del profesor que indicase que aquello no iba en serio, pero ésta no apareció. Los cinco o quizás diez minutos siguientes los pasamos en silencio acabando la hamburguesa que habíamos pedido y que fue la primera comida que compartimos en el campamento de verano.

Ayer volvió a venir, el francés, con ese gesto de eterno disgusto, con sus extraños andares de bailarina vieja, sus ojos azules, su rostro marcado por la delgadez y sus cerca de cincuenta años en las canas. Me saludó muy serio, como casi siempre y yo le hablé un rato, porque simpatizo con él desde aquél momento, de igual manera que desempatizo, si existe tal palabra, con el profesor cuyas opiniones dejaron de tener peso para mi. Eso fue cruel, por muy francés que sea. Pensé en lo mucho que me hubiese hundido a mi, en lo fácil que es hacerme daño y deseé ser un poco como el francés, envidiando su aparente indiferencia con el mundo.

Fué miércoles, y los miércoles es el día en que Kanazawa Kancho viene. Las clases son totalmente distintas a las de otros profesores, siendo, para empezar, mucho más frecuentadas multiplicándose el número de alumnos por tres. Si las de los demás profesores siguen un orden específico: calentamiento, técnicas básicas, descanso, técnicas por parejas y katas, las de Kanazawa Kancho no. Él cambia el orden, empezamos por un kata, seguimos por técnicas por parejas y descansamos casi al final, o no. Ello, unido a sus explicaciones que van mucho más allá del mero Karate, logran recargar de energía hasta a la pila del reloj de la pared que empuja a las agujas para que giren mucho más rápido.

La clase de ayer estuvo enfocada al campeonato del fin de semana, el nacional de Japón que se celebra en el estadio olímpico de Yoyogi, el del diseño inspirado en un templo, pero el pequeño de los dos que hay. No somos muchos los que nos presentamos, así que nos hemos convertido en protagonistas de las clases de las dos últimas semanas haciendo que todo el mundo tenga que repetir los katas que hemos elegido presentar. Curiosamente no hemos hecho ni un sólo combate libre aunque es la otra de las categorías del campeonato.

De los dos extranjeros que nos presentamos, destaca el chico belga que aunque no puede venir mucho a las clases debido a su trabajo, da gusto verle moverse. Viéndonos juntos, nadie diría que únicamente tiene un dan más que yo. No es que yo lo haga tan mal, sino que él lo hace realmente bien.

Kanazawa Kancho nos enseñó una serie de técnicas de kumite, pero de las pactadas, de las de «yo hago esto y tu haces esto otro». Las practicamos con el compañero y después, nos ordenó sentarnos a todos y sacó al chico belga y a otro para que las hiciesen en el centro del tatami con todo el mundo mirando. Las hicieron perfectas. Después me sacó a mi y a un chico japones y no hice ni una bien. Las ampollas de los pies dolían el doble, los nervios no me dejaban pensar y cuanto más me equivocaba, peor lo veía. Incluso dejé de entender lo que me decía el profesor hasta que me dí cuenta de que me estaba hablando en inglés desde hacia un rato. Parecía mentira que apenas unos minutos antes las estuviese haciendo sin problemas.

Con ese desastre sobre mis hombros volví a casa. Pensé en que el sábado cuando salga a hacer mi kata, quizás me pase lo mismo y vuelva a quedarme en blanco delante de todos. Me imaginé en el examen de segundo dan sin saber si el examinador me habla en japonés o en inglés, pero sabiendo que ninguna de las dos lenguas es la mía. Ví todo negro de repente, de ese negro oscuro que entinta la razón y alquitrana la ilusión.

Y vestido de negro por dentro, paso tras otro, emprendí el camino a casa. Más cerca de mi futón que de Honmonji miré al cielo y lo ví tan cargado de estrellas que parecía mentira que fuese Tokyo. Me senté en un muro a compartir un rato con ellas y aunque de mi boca no salía sonido alguno, les hablé durante mucho tiempo sobre todo lo que sentía. Ellas me pidieron que pensara en cómo no hacía Karate hace tres años y cómo lo hago ahora. Me enseñaron un libro en el que ponía que un tal Oskar Díaz se iba a presentar al campeonato de Japón, ganase o perdiese, hiciese o no el ridículo. Me hablaron del francés, que sigue viniendo, que quizás sea verdad que no mejore, pero ahí está, desafiante e incansable. Altanero. Arrogante.

Creí entender que el color negro del cinturón es en realidad el comienzo, y que es a partir de ahora cuando hay que ir desgastándolo con cada gota de sudor hasta volverlo blanco, no importando que a veces salga mal mientras al día siguiente se vuelva a intentar. Quizás por eso, el cinturón del francés es casi blanco de nuevo, de ese blanco que encala la ilusión, blanquea la razón y se ríe de los que se ríen, sean o no profesores.

Hoy he venido a la oficina cojeando, no soy capaz de hacer el más mínimo movimiento sin que me duela algo: brazos, piernas, estómago, cuello… pero a pesar de estar más muerto que vivo, resulta que estoy más motivado que nunca y que me plantaré el sábado delante de quien haga falta a hacer lo que sé hacer.

Y todo gracias a un francés. Quién me lo iba a decir a mi.