En aquella habitación tan pequeña de Tokio viví menos de cinco años. No me importaba que fuese pequeño, total para estar yo solo… y las pocas veces que tuve compañía, pues mira, así estábamos más juntitos.
Pasé mucho frío allí… pero mucho… las paredes parecían de papel y hasta entraba aire por las ventanas aunque estuviesen cerradas, si no me creéis, preguntadle a las cortinas, que estaban de testigo.
Si ya venía yo odiando los inviernos desde Euskadi, que ya es decir, aquí ya me acabaron derrotando del todo.
Siempre he pensado que me moriré en invierno, espero que dentro de muchos años pero seguro que rondando Febrero o por ahí.
Quizás por esto mismo, voy reviviendo un poco más según se va acercando la primavera.
En mi barrio no había nada más que árboles que vivían más o menos a la misma distancia unos de otros a lo largo de la misma calle que yo recorría cada día al menos dos veces.
Como yo empecé a vivir allí a finales de año, esos árboles estaban tan pelados como mi corazón, como si estuviesen allí ya por inercia y diesen igual las hojas y los latidos.
Pero de repente a uno le salió una flor. Y después otra más, y todos se contagiaron y cuando me quise dar cuenta toda la calle se tiñó de color mentira.
Resulta que eran cerezos y yo no lo sabía. Madre mía en qué se convirtió la calle por la que mi alma en pena y yo volvíamos de la oficina. Qué espectáculo, qué cosa más preciosa.
Mis vecinos del barrio, además, salieron de no sé donde todos juntos y decidieron vestirse bonito y bailar y comer y emborracharse y jugar a que jugaban debajo de aquel cielo de pétalos sabiendo de sobra que pocos días más iba a durar.
Y a mí, año tras año, se me olvidaba el frío.
Que nostálgico!!!
La rasca no se olvida jejeje