El Fuji y yo nunca nos hemos llevado muy allá desde aquella vez que fuimos toda la familia a la mismísima ladera de uno de los lagos y no quiso asomarse ni para saludar, ahí agazapado entre las nubes.
Desde Tokio lo he visto muchas veces, a cinco minutos andando de mi casa, si subo una cuesta. Ahora en otoño lo veo casi todos los días; hoy también lo he visto. A mí todavía me impresiona, ¿eh? Veo vecinos míos que pasan por el mismo sitio y ni miran ya, con la ilusión con la que voy yo por ahí, que doy un rodeo siempre para ir al gimnasio solo para ver si lo veo.
Dicen que es de sabios subir una vez al monte Fuji en la vida y de tontos hacerlo más veces. Yo, que soy bastante idiota, lo he subido ya dos veces y mi hijo y yo tenemos la promesa de hacerlo juntos alguna vez cuando él sea más mayor, así como olvidándonos de que yo también seré más mayor, que en mi caso se nota tres veces más cada día, claro.
Ya veremos.
La verdad es que el Fuji desde dentro no es tan bonito. Al final es todo piedras y polvo que te vas tragando todo el camino, sobre todo en la bajada. Yo lo pasé bastante mal la segunda vez y me acordé muchas veces del dicho aquel: «una y no más, santo Tomás».
Eso sí, el Fuji, cuando es valiente y no se esconde el muy cabrón, desde fuera es lo más bonito que hay.
Ahora sí, ahora ya somos amigos.

























